Acaba de concluir un mes de mayo que nos trajo a muchos un cúmulo de recuerdos y reflexiones a propósito de esos recuerdos y muchas premisas que parecían inamovibles apenas 40 años atrás. Me refiero, obviamente, al mayo del 68 en París, a la movilización de ideas que entonces se produjo y a una serie de frases inteligentes algunas, poéticas otras, penetrantes todas, que dejaron una huella más duradera que la memoria de su máximo exponente de entonces, Daniel Cohn Bendit, hoy muy alejado de todo ese ruido mediático.
Pero está muy lejos de mis intenciones -y mucho más de mis alcances intelectuales- examinar aquí los orígenes, fundamentos y derivaciones de aquel movimiento de mayo acaecido hace cuatro décadas. De todos modos, no puedo olvidar algunas llamativas fotografías de la primera fila de las grandes movilizaciones parisinas, en donde se veían jóvenes muy bien trajeados, de rostros afeitados y bien peinados, que encabezaban a una multitud que coreaba “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir” y otras sentencias de parecida inspiración.Aclaremos
En las primeras horas que siguieron a la imprudente decisión de los propietarios de los edificios de la calle Bolívar, inconsulta y no autorizada, se escucharon los más sonoros disparates. Suele suceder que algunos cronistas o movileros destacados por los medios de prensa en el lugar de los hechos no tienen información alguna que los anoticie de datos fehacientes. Por eso se habló reiteradamente de la mansión de Benoit como una de las demolidas, cuando en realidad esa residencia había sido víctima de la piqueta muchos años atrás, cuando se produjo el ensanche de la avenida Independencia.
Se llegó a afirmar que la demolición la había realizado la Guardia de Auxilio, que se volvería a pintar el mural -que adornaba con calidad y dignidad la medianera que miraba hacia la avenida Independencia- en el piso (¡!) del terreno ahora convertido en un baldío, incluso algunos miembros de la entidad “Basta de demoler” plantearon la posibilidad de que se volvieran a construir los edificios desaparecidos con las mismas características y dimensiones que tuvieron mientras se mantuvieron en pie.
Desde luego que esta postura comporta antes una seria y profunda discusión axiológica en torno de cuáles son los valores que se intenta recuperar mediante la ficción de reconstruir (en el hipotético caso de que eso fuera posible) un edificio ya demolido. Hubo experiencias de este recurso escenográfico en varias ciudades europeas castigadas por los bombardeos (Varsovia es un ejemplo paradigmático) y duran hasta hoy las controversias acerca de la validez del procedimiento.
En el camino
En los últimos tiempos, y sin duda incentivados por episodios como el ya mencionado de la calle Bolívar, se produjeron reuniones y surgieron aportes en torno de la cuestión de la conservación del patrimonio, de los ajustes de la Ley 2117 y su normativa, de la catalogación de los inmuebles incluidos en la esfera patrimonial y de los pasos a recorrer para evitar demoliciones de edificios protegidos sin el condigno castigo.
También se habla, obviamente, de las compensaciones que deberán recibir los titulares de construcciones catalogadas en función de la afectación de su derecho de propiedad.
Puede decirse que estamos en el buen camino, acaso un poco tarde, pero todavía queda mucho por conservar y resguardar.
Y será justo que los colegas y amigos que integran “Basta de demoler” den a conocer a la población que el verbo no es pecaminoso en sí. Debe saberse que por una remota ley natural, para construir es preciso empezar por destruir. Para hacer los cimientos de un muro hay que cavar la tierra (lo que implica destruir en parte la Naturaleza) o romper las rocas, cosa que acaeció ya con los antiquísimos dólmenes y menhires, en un tiempo en el que difícilmente se hablara de ecología.
Siempre es mejor argumentar antes que prohibir.
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