Si hablamos del espacio público desde el punto de vista de quienes lo usan de forma diaria y directa, sus protagonistas son las mujeres, de quienes hablaremos en una próxima ocasión y, sin duda, los grupos de edad que son más dependientes, como la gente mayor o las niñas y niños. De cómo la ciudad sea pensada, articulada y programada dependerá el grado de autonomía de las personas más débiles.
Desde esta óptica, el espacio público no es diferente en concepto pero sí en necesidades y usos. Por tanto, para que sea usado y apropiado por niñas y niños ha de tener en cuenta cómo experimentan los espacios y ha de aportar seguridad.Innsbruck
Este parque infantil de la ciudad austriaca reúne elementos con los que pueden jugar niños de distintas edades
Fotografía: ROSER CASANOVAS
“Caminos escolares”
Siguiendo su enseñanza, algunas ciudades han comenzado a integrar sus ideas en la planificación; no en toda la ciudad, sino en determinadas zonas. Una de las prácticas más extendidas son los “caminos escolares”.
Estos consisten en crear recorridos seguros y agradables para que los escolares adquieran una mayor autonomía al poder desplazarse sin acompañantes hasta escuelas y equipamientos cercanos a su casa. Son proyectos de escala barrial, que se basan en un acuerdo compartido entre diferentes agentes y usuarios que intervienen en el espacio público, con una especial colaboración de los comerciantes que tienen sus tiendas en dichos recorridos y que puedan formar una red de referencia y protección. Para potenciar estos itinerarios escolares, enriqueciendo la autonomía y la red social infantil, es relevante la discusión instaurada en la comunidad educativa sobre la oportunidad que los patios escolares sean plazas en horario extraescolar. Lo que aquí es una novedad, para otras sociedades, como la canadiense, es una cuestión aceptada: los patios de la escuela son espacios de juego más allá del calendario y del horario escolar. Con ello se obtienen al menos dos beneficios: la capacidad de movilidad e independencia de los menores para fortalecer su entorno social y el uso eficiente de un recurso escaso como es el suelo, dándole el máximo de utilidad.
Ciudades catalanas, como Reus o Granollers, y valencianas, como Carcaixent, han puesto en práctica las ideas de Tonucci, creando el “busapie” y el “camino escolar”. Y, lógicamente, la práctica de la slow city, que comenzó en Bra, Italia, también sintoniza con la ciudad de los niños y en este caso se ha implantado el piedibus.
La ciudad de Rosario, en Argentina, intenta crear ciudadanía democrática en convivencia urbana desde la infancia, para contrarrestar los efectos de una ciudad en continuo crecimiento, privatización del proyecto urbano y especialización funcional que dificulta la vida en la calle. Siguiendo también a Tonucci, se ha creado el Consejo de los Niños (de 10a14años), también llamado “la fábrica de ideas”, que se reúne cada sábado en los siete consejos de distrito. La actividad de Rosario como ciudad de los niños fue reconocida en 1999 por la Unesco y en el 2003 recibió un nuevo premio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) por sus prácticas de gobernabilidad. Entre los equipamientos creados destacan la Granja de la Infancia, la Isla de los Inventos y el Jardín de los Niños, tres espacios orientados a una educación ambiental, científica y artística a través del juego.
Zonas delimitadas
Sin embargo, aunque el espacio público se pretenda proyectar específicamente para niños, muchas veces se hace inadecuadamente. Por ejemplo, en Barcelona hay zonas de juegos delimitadas según edades y, generalmente, valladas, en las que faltan bancos de descanso para el cuidador o cuidadora. Esta división dificulta el uso de los espacios de juego para hermanos o amigos de diferentes edades, eliminando el aprendizaje entre iguales. Se construyen espacios fragmentados, con poca posibilidad de desarrollar la imaginación. Espacios en los que muchas veces se colocan uno o dos elementos de juego, utilizables sólo por dos niños, impidiendo la socialización con otros. Y no se trata solo de espacios marginales o viejos, sino no que una plaza de reciente creación, como la de Lesseps, contiene dos zonas de juegos infantiles cada una con una hamaca, un tobogán y un subibaja. Basta pasar por allí cualquier tarde para ver a los niños haciendo interminables colas para poder jugar un ratito ante la impaciente mirada de los que esperan.
Contrariamente, encontramos magníficos ejemplos de integración lúdica inter-generacional en aquellas plazas o parques que proponen mecanismos y actividades próximas para todas las edades.
La ciudad para niñas y niños no constituye una dádiva sino un derecho, que les permita crecer seguros, en sociedad y libertad, como bien se refleja en una de las viñetas de Frato, el álter ego de Tonucci, en el que un niño aclara: “Señor alcalde, no queremos toboganes ni hamacas, queremos la ciudad”.
Barcelona
Esta zona de juegos en la remodelada plaza Lesseps está vallada y no facilita el descanso de los cuidadores
Fotografía: MONTANER /MUXÍ
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