
Publicado el 17 de septiembre de 2008 en suplemento ‘Cultura/s’, La Vanguardia, Barcelona.
‘Abajo’ (unten) y ‘arriba’ (oben) eran los términos con los que Martin Heidegger distinguía los dos escenarios en los que discurría su existencia. El primero correspondía a su vida como docente universitario, cuya acomodada posición burguesa y prestigio era nítidamente expresada por el aspecto de la casa familiar en Rötebuckweg (Friburgo). El segundo, radicalmente opuesto a esa obligatoria concesión a cuestiones mundanas, era la cabaña que hizo construirse en un valle de la entonces pequeña aldea de Todtnauberg en 1922.
La descripción minuciosa de cada una de las estancias que hace Adam Sharr en su estudio sobre ella (La Cabaña de Heidegger, Gustavo Gili, 2008) expone la deliberada austeridad arquitectónica y mobiliaria de la que su propietario quiso revestirla. Su propósito con este rechazo a cualquier comodidad superflua era crear una morada a través de la que experimentar la conciencia de la propia existencia, crear un espacio donde esa casa y el paisaje que la rodeaba integraban una misma unidad que simbolizaría la pureza primordial del orden cósmico. Un lugar donde la sujeción a las dinámicas impuestas por los movimientos de la Naturaleza: las estaciones y las transformaciones sobre el paisaje y la estructuración de las rutinas cotidianas marcadas por su secuencia, la imprevisión y efectos de las inclemencias climáticas, la cercanía y el contacto con la potencia abrumadora y misteriosa del bosque y las montañas permitían al hombre contemplativo hallar humildemente su posición elemental dentro de dicho orden.
Los elementos físicos que se hallaban presentes en aquel ámbito adquirían una trascendencia metafórica para Heidegger. Una fuente natural cercana que abastecía de agua a la familia, cuya antigüedad desconocían, visible desde la ventana del escritorio donde el filósofo escribía, cuyo pilón estaba rematado por una estrella, planteaba para él una especie de objeto numinoso que aludía a cuestiones inmanentes así como relativas a la trascendencia de su propio ser: la estrella como signo de lo religioso, el manantial como una imagen del modo de fluir de su pensamiento, el agua como imagen de la naturaleza sustentadora de la vida familiar en la cabaña, resonancia del origen invisible de lo visible.
El acto de retirarse a habitar ‘allí arriba’, con una forma de subsistencia casi monástica, sumía a Heidegger en una especie de ‘efecto hipnótico’ que le predisponía a una actividad intelectual y un modo de comportamiento y capacidad de interpretación de la realidad totalmente distintos a los que desarrollaba en su vida urbana en su hogar de patriarca suburbano, orgulloso y afectado. El material que necesitaba para filosofar estaba allí, expuesto ante él, y a través de él proyectaba la interioridad de su propia existencia. El poeta Celan le percibió física e intelectualmente enraizado en el paisaje. El escritor Max Kommerell definió su vida ‘allí arriba’ como “un perfecto monólogo”.
Se ha acusado a Heidegger de haber utilizado sus estancias en Todtnauberg como un cínico modo de evadir su culpabilidad por el apoyo público al nazismo. Deviniese via de huida o fuera expresión de su compromiso intelectual y espiritual con la filosofía, a través de esta cabaña y su vida en ella, Heidegger trató de materializar para sí el arquetipo ideal del refugio solitario que permitiera a la conciencia del hombre la expansión de su pensamiento; no para ir con ello a la búsqueda de unas nuevas ideas sino para hurgar y hacer desvelarse las ocultas.
Publicado por: Alberto GorbattIngrese un comentario para este artículo
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