Para controlar es necesario dominar.
Este edifício, en virtud de su función y de la posición geográfica que ocupa, asume una presencia de excepción en la relación entre la ciudades de Lisboa y el Tejo.
Su vertical dominante ritualiza la entrada a la ciudad desde el río, sugieriendo el objetivo de control que lo origina. Esa relación pretende conquistar la dimensión horizontal, la dimensión del horizonte y del mar, del agua al que está initimanente ligado, lugar de las acciones a controlar.
Su vertical dominante ritualiza también la relación entre la tierra y el mar, la dimensión vertical de la tierra que se eleva en dirección al cielo
La dimensión intermedia es la del movimiento, representando la dinámica de la forma, la tensión entre la tierra y el mar.
Elemento enraizado, la torre se inscibe en la matriz simbólica de otras construciones congéneres que, a lo largo de la historia, se fueron sedimentando en el frente ribereño, entre las fortalezas de la barra do Tejo y el Ponte Vasco da Gama.
Su naturaleza será siempre la de un elemento de tierra, la de un objeto que progresivamente se desmaterializa, naciendo en la solidez de la piedra, revistiéndose de cobre, para concluir en la ligereza y transparencia del vidro, y finalmente en las ondas hertezianas que sólo las antenas perciben.
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