Síntesis de lo expuesto durante la Mesa Buenos Aires 2010, intergada por Alfredo Garay, Enrique García Espil, Margarita Charrière, Héctor Lostri y coordinada por Daniel Silberfaden.
Convocados para imaginar el futuro para el desarrollo de Buenos Aires, los integrantes de la mesa redonda, ex titulares y actual subsecretario de Planeamiento de la Ciudad, encararon el tema con miradas críticas y a la vez propositivas.

Charrière revisó hitos en el proceso de planeamiento de la ciudad, paradigmas de proyectos urbanos como el Plan de la Comisión de Estética Edilicia de 1925, que dio al espacio público un rol estructurador de la ciudad. Valoró la existencia de un plano, además de planes. Mencionó la necesidad de actuar en forma conjunta con el poder nacional en temas como grandes infraestructuras y accesibilidad.
Lostri señaló el problema de encontrarse con instrumentos jurídicos en una ciudad ya consolidada e intentar transformaciones. Hoy se están llevando a la agenda pública temas de interés de los vecinos, instrumentando debates. Aclaró que la relación con el Gobierno nacional es mejor de lo que se cree, que la Ciudad está alineando todos los grandes proyectos de Nación en arquitectura para tener tratamiento fast-track. Y adelantó que después de las presentaciones públicas del domingo, el Ministerio de Desarrollo Urbano habrá asignado el 100 por ciento de su presupuesto del año: obras que se encaran si sirven para modificar la calidad de vida de los vecinos.
Entrega del Premio Trayectoria
Los arquitectos Mario Roberto Alvarez y Clorindo Testa recibieron el Premio Trayectoria SCA / Batimat Expovivienda, entregado por el Arq. Daniel Silberfaden, presidente de la SCA, y el Ing. Fernando Esquerro, presidente de la AEV (Asociación de Empresarios de la Vivienda - una de las organizadoras de Batimat).
Los arquitectos Alvarez y Testa , en sus palabras de agradecimiento, recordaron los inicios de sus carreras.
Clorindo Testa
Agradezco muchísimo el premio, me gustó mucho.
En la Academia (Nacional de Bellas Artes) hay reuniones, y de repente uno tiene que hablar. En la anterior, en que me tocaba hablar, me olvidé y me fui antes de que terminara. Entonces en julio tengo que hablar. Empecé a hacer una colección de reproducciones de pinturas y dibujos. Había una interrupción, porque hay una línea que termina con un autorretrato que hice cuando me recibí. Me recibí en diciembre de 1947, me fui a Mar del Plata -el Yacht club tenía unos cuartos alquilaba-, una mañana hice el autorretrato, que enmarque hace uno dos meses. Después pasaban varios años hasta que aparecía la foto de la Cámara de la Construcción, que fue el primer concurso que ganamos con Francisco Rossi.
Para contar cómo fueron los inicios de mi carrera, en 1947 me voy a Mar del Plata, desde enero hasta mediados de abril. Entonces me llama mi madre para preguntarme “¿cuándo volvés y empezás a hacer algo?”.
Tuve la suerte de encontrármelo a Grillo della Paolera, me dijo “qué hacés?”, “nada”, le dije. “Te voy a presentar al Plan Regulador de la ciudad, porque conozco al intendente”, me dijo. Entré al Plan Regulador, donde estuve un año haciendo perspectivas. Después la Facultad dio la única beca que dio en su vida: a los 10 alumnos de mejor promedio egresados en 1947, les organizó un viaje pro Italia que duró tres meses. Yo no estaba entre los diez primeros sino entre los veinte primeros, pero como muchos no podía ir, por casamiento o trabajo, yo alcancé a entrar e hice el viaje a Italia.
En Nápoles me bajé y me fui a la casa de mi padre, y me quedé todo el 49, todo el 50 y la mitad del 51, y entonces de casa me dijeron “¿por qué no venís y empezás a hacer algo?”. Pero mi idea era volver, porque me paso algo curioso.
En el Plan Regulador, Ernesto Rogers habia estado contratado por la Municipalidad, venia cada quince días a ver el trabajo. En Venecia me lo encontré en la Bienal, lo saludé y me invito a su estudio en Milán: “no dejes de venir a verme porque siempre va a haber algo para que vos hagas”. Yo le había hecho unos dibujos a Rogers, en Buenos Aires. Cuatro o cinco meses después, con unos españoles becados de la Academia de Bellas Artes de España, fuimos a Milán, dormimos en la estación porque no había llegado nuestro dinero, y yo me olvidé que Rogers estaba en Milán, no lo fuimos a ver, lo borré completamente. Después me analicé yo mismo, hace poco. Lo que hice fue suprimir el recuerdo de Rogers para evitar quedarme en Italia. Volvi a casa, me lo encontré a Francisco Rossi, hicimos el concurso de la Cámara de la Construcción y lo ganamos.
Hasta entonces, me daba cuenta que seguía siendo un estudiante, daba vueltas, tampoco pintaba, pero cuando volví hice mi primer cuadro, lo había pintado en Roma, era una pensión en Sevilla. Ese fue mi primer cuadro, antes había hecho dibujos. Ese fue el inicio de mi carrera, tardo cuatro años.
Mario Roberto Álvarez
Es un poco difícil saber agradecer en plenitud un premio que uno recibe y que fue impensado.
Voy a abusar de su tiempo para contar algo: cuando nací una japonesa le regaló a mi madre una moneda con un agujero cuadrado en el centro, para que me lo pusiera en el ombligo porque eso me iba a dar suerte. Y siempre que tengo que decir algo de lo bien que me ha ido, recuerdo que esa moneda que perdí me dejé en cambio la suerte que creo que he tenido. Hablo de suerte siempre porque creo, como los árabes, que muchas de las cosa que uno hace y soluciona bien o regular en la vida, son un poco destino. Creo en muchas cosas de los árabes, en muchas cosas japonesas, sobre todo en la arquitectura del medioevo, y muchas cosas de su religión. Soy directamente un devoto buscador de ideas de otras religiones.
Digo que he vivido siempre con suerte, porque promediando la facultad, un compañero, que luego fue un gran arquitecto, Hugo Armesto, me preguntó como eran mis notas. Le dije que eran bastante buenas, que tenia dos Distinguidos (por no haber ido a clase porque trabajaba) y todo el resto Sobresaliente. “Vos podés ser, me dijo, la medalla de oro”. Respondí que no, porque en tres días vencía la entrega de modelado, y yo, por hacer un concurso, no lo había hecho. Y Armesto me dijo: “andá y hacé la entrega, no pierdas tu condición de regular, si no lo hacés, la vas a perder. Escuché su consejo y en tres días hice la entrega. Un desastre. Me pusieron un Aprobado.
Y de ahí en adelante, como seguí sacando Sobresalientes, y aunque parezca mentira, al terminar tuve el promedio más alto, me dieron nomás la medalla (de oro), que nunca busque ni creí, y una beca con la cual viví en Europa un año, aprendí muchísimo y creo que hice un verdadero posgrado.
Como nadie hace solo nada, quiero en este momento recordar que en la primera parte de mis trabajos de mi época de arquitecto tuve excepcionales colaboradores, que me honro en recordar. Alicia Anzorena, Alfredo Gentile, Oscar Macedonio Ruiz, Eduardo Santoro, Manuel Izquierdo, Jorge Carpov, Carlos Ramos, mi hermano Jorge, y Leonardo Kopiloff, que fue en esa primera época, verdaderamente mi brazo derecho.
Hoy en día quiero honrar también a quienes me han ayudado a hacer mucho de lo que hemos hecho, más de tres millones de metros cuadrados de obras. A Leonardo Kopiloff que sigue, que además es mi amigo, socio irreemplazable, a Hernán Bernabó, arquitecto sin par, a mi hijo Mario Roberto, a Laura Mazza, a Rivanera, a Sabattini, y al joven Satow, que me acompañan no desde ayer sino desde muchísimos años. Dentro de poco cumpliré 95, y más de 70 como arquitecto. No puedo dejar de agradecer lo que yo llamo suerte, a las entidades y clientes que confiaron mi estudio.
Y por último, y no por ello menos importante, a mis padres, que fueron los únicos que me apoyaron para que estudiara Arquitectura. Como había sido buen alumno en el Colegio Nacional Buenos Aires, todos les decían que estudiara otra cosa, pero no Arquitectura. Ellos apoyaron mi vocación y es por ellos que soy arquitecto. Como creo en la suerte, reverencialmente, quiero decir que tuve la suerte de elegir bien a mis padres.
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