El gran plano propuesto, terso y liso, sirve de base para potenciar la importancia de la arquitectura de la plaza, peatonalizando la mayoría del espacio y dotándolo de una zona de esparcimiento.





Se marca, en la plaza, la traza original de la Iglesia de San Juan Bautista, dibujando los muros en granito negro con zonas ligeramente elevadas que singularizan el ábside de la iglesia. El solado de ésta se ejecuta en adoquín de granito de Porriño y el resto se suela en granito gris silvestre. Se crean grupos estanciales mediante cubos de granito entre hileras de alcorques con árboles del tipo Ligustrum japónica. La musealización de las ruinas queda referenciada mediante una urna-lucernario acristalada que deja ver los restos del muro sur de la Iglesia de San Juan Bautista y que se convierte en vitrina expositiva y como foco de luz para iluminar la zona de la plaza y el acceso al aparcamiento.
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