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NOTICIA AL DÍA / 17-VI/2002

El drama de los sobrevivientes

Las orillas del río sin gentes y las casas vacías, con uno que otro perro abandonado asomándose miedoso al paso de la panga, es la primera señal de la tragedia que se encuentra quien baja por el Atrato hasta Bojayá y Vigía.

Mucho antes de llegar allá, de ver la iglesia o sentir el olor de la muerte que aun no se va del templo después de la explosión de la pipeta, la soledad de Puerto Conto y San Martín hacen presentir que lo ocurrido el 2 de mayo no solo martiriza a los de Bellavista.


"Ni siquiera nos dejaron enterrar bien los muertos. Esa gente nos dijo que el cementerio estaba minado. Mi papá nunca me dijo cómo quería que lo enterraran. Supongo que pensaba que con sus rezos y sus alabaos y no así, en una bolsa negra...", es el lamento de Luis Eduardo Mosquera. El muchacho, de 21 años, ni siquiera vio el cadáver de su padre.

"Casi ninguno quedó reconocible, todos estaban desfigurados o despedazados. A los adultos los metíamos en una bolsa. Si eran niños chiquitos, metíamos tres en una bolsa. Nos encontrábamos un pie, un brazo y no sabíamos de quién... Todo para las bolsas... Eso no es un entierro", asegura uno de los jóvenes que entre el viernes y el lunes de aquella semana cruzó el río Atrato para cavar la fosa.

Las bolsas de la trilladora de arroz de los agricultores de Vigía del Fuerte también sirvieron para empacar los miembros de niños y adultos que quedaron regados en el piso y en el techo de la iglesia después de la explosión.

En el Chocó se rinde una alta ritualidad a la muerte, por ello  los sobrevivientes de Bojayá, además del drama que los afecta, sienten que sobre ellos pesa la carga de no haber cumplido el deber de enterrar a sus familiares.

"Que un católico fuera enterrado de esa forma, eso nunca se había visto por acá. Un muerto no descansa así", dice Herminia Perea Guardia, una de las pocas rezanderas y cantadoras de alabaos que quedan en la zona. Otros como ella han abandonado Vigía y Bojayá no solo por esta tragedia, sino desde antes cuando se aparecieron los paramilitares en el 96 y después en el 2000 cuando la guerrilla recuperó la zona.

Pero ya en esos años, por los cadáveres arrojados al río durante los asesinatos selectivos, situaciones como esta fueron repudiadas por las campesinos y por la Iglesia. En ese entonces monseñor Jorge Iván Castaño no se cansó de pedirles a los grupos armados que permitieran a los pobladores recuperar y enterrar a los suyos.

Todos los que fueron testigos de la tragedia tienen su historia para contar. Por ejemplo, las caras aterrorizadas de los niños y los dos hombres agonizantes que tuvo que abandonar en la casa de las Agustinas Misioneras, en medio de la balacera de guerrilleros y paramilitares, son las imágenes que más atormentan a la hermana Carmen Garzón cuando recuerda lo ocurrido ese jueves 2 de mayo.

Después de la explosión de la pipeta en la iglesia, la casa de las misioneras se volvió refugio para los heridos, antes de que pudieran cruzar en botes a la orilla de Vigía del Fuerte.

"No teníamos medicamentos, a ese señor que estaba agonizando lo único que le pusimos fue una toalla sanitaria en la cabeza, estaba sudando y sangrando mucho. Nos arriesgamos a pasar el río cuando esa gente gritó que allí iba a caer otra pipeta. El muchacho y el señor estaban muy malitos. Cuando regresamos a los dos días encontramos los cuerpos en la misma posición que los habíamos dejado", recuerda la religiosa.

Pero el estallido de la pipeta de gas no ha sido la última explosión por estos días en los alrededores de Bojayá. Los sonidos de los ametrallamientos y de las bombas del Ejército llevan varios días acompañando a los campesinos.

El día que el presidente Andrés Pastrana visitó Vigía y Bojayá, un estruendo fue lo que levantó a la gente.

"La primera explosión sonó como si fuera un cilindro y pensé que era la guerrilla que había vuelto", confesó un habitante. Los habitantes ya aprendieron a distinguir que si no oyen tiros de respuesta es porque "el Ejército está 'asegurando' el área".

La sensación de impotencia y de fragilidad que se siente al oír esos estruendos de la guerra se multiplican cuando se está dentro de una casa de madera.

Los metralleos volvieron a sonar esa noche. Y también antes en Napipí, murió María Ubertina Mena y resultaron heridas otras dos personas.

De subida por el río, durante el regreso a Quibdó, se ven más ranchos abandonados. Hasta el pasado lunes 13 de mayo la cuenta de la gente de Bellavista, San Martín, San Miguel, Buchadó, Veracruz, Padua... que había huido a Quibdó se acercaba a las 2.500.

"Todo lo dejé allá, solo me traje la ropa", cuenta Eduardo Martínez de lo que perdió en la huida. Llegó con sus tres hijos -el menor de 10 años-, pero sin Felicia Cuesta, su esposa de 37 años, una de las víctimas de la pipeta.

En el albergue de Minercol, ellos apenas comienzan a vivir una historia que los campesinos del bajo Atrato comenzaron a padecer hace 5 años. Los que permanecen en el Coliseo dan fe de ello.
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