El arquitecto catalán Oscar Tusquets no ha dejado de sorprender, más allá de su calificada obra profesional -que abarca también los campos del diseño industrial y del arte plástico-, con sus escritos claros y desenfadados. Su primera incursión fue con el libro que tituló Más que discutible (Tusquets, 1994), al que le siguió años después Todo es comparable (Anagrama, 1998).
El libro que da origen a estas líneas, y que compré en Barcelona hace menos de un mes, se titula Dios lo ve y fue publicado en la misma colección que su obra anterior, Argumentos, de la editorial Anagrama. Los que siguieron mis artículos semanales en el diario La Nación recordarán las entusiastas reseñas que motivaron los dos primeros trabajos literarios de Tusquets, pues ahora me propongo relatar el efecto movilizador y reflexivo que produjo en mi espíritu la lectura de esta obra tan original.
Lo que sorprende es que me haya topado con ella gracias a un viaje, ya que fue editada en el año 2000 y recién ahora tuve acceso a sus páginas.
No fue por improvisación que comencé este texto con la expresión “el arquitecto catalán”, ya que el estilo, la manera de evaluar y criticar, el enunciado de los juicios y una retórica a la vez erudita y coloquial, identifican a OT con la manera de pensar y expresarse de sus coterráneos.
Como la idea nuclear del libro al que aludo tiñe todos los capítulos del mismo, voy a pedir la licencia del lector para trazar una imagen que surge en mi memoria y que me parece apropiada para asociar con aquella intención original de Oscar y con ciertas simplificaciones.
Dije en varias ocasiones que mi padre era sastre. Un sastre fuera de lo común, y no rige aquí la sobrevaloración del hijo sino el comentario de sus pares y de sus clientes. Era, como se decía entonces, un “sastre de medida fina”, y el diploma que lo avalaba, emitido en Austria, lucía sobre la pared en la que se apoyaba la mesa de corte y la máquina de coser. Recuerdo que las así llamadas delanteras, es decir el relleno de entretela que da la forma convexa a la parte frontal de un saco, se cosían a mano, lo mismo que muchas otras partes de la prenda.
Cuando yo veía a mi padre coser -o pespuntear- esa entretela de la delantera, con puntadas exactamente iguales y en ángulos opuestos (formando una disposición en espiga), me llamaba la atención por el tiempo invertido en esa parte que iba a quedar oculta para siempre. Una vez le pregunté, con mucho respeto, para qué se ponía tanta atención en hacer esas puntadas a mano, tan iguales y separadas a la misma distancia, si eso quedaría fuera de la vista para siempre.
Entonces mi padre respondió: “Eso tiene que estar bien, primero, porque lo veo yo (y ahora lo estás viendo vos), y además porque si alguna vez el cliente tiene que hacer una reforma o una compostura, que el sastre que abra la prenda sepa que el que la hizo sabía trabajar, que hacía las cosas bien.”
Como se verá, esta evocación tiene puntos de contacto con el trabajo de Tusquets.
De Fidias a Dalí, pasando por Nazca
En la búsqueda que emprende pacientemente Tusquets, para procurar despejar la duda que le provocan ciertos rasgos de obras de arte excepcionales, recorre no sólo el campo de varias disciplinas, sino que pasa por todas las épocas y aborda la obra de múltiples creadores.
De modo que queda claro que, siendo el autor un distinguido arquitecto, su obra se propone indagar en un abanico mucho más amplio de la creación humana.
Lo cierto es que las indagaciones de nuestro colega revelan aspectos ignorados (o poco examinados) de obras de arte paradigmáticas. Es el caso del Palau de la Música, el inconfundible edificio de Doménech i Montaner que es conocido en el mundo entero.
Lo que destaca OT es que el autor trabajó una fachada oculta, que daba a un estrecho patio trasero, con el mismo rigor y cuidado que aquellas que quedaban claramente expuestas. Quiso el destino que el convento de Sant Francesc, vecino del Palau, fuera trasladado casi un siglo más tarde y se abriera así el frente que Doménech i Montaner tratara primorosamente.
En el ejemplo de Fidias la impresión es mucho mayor. En efecto, los frisos del Partenón muestran un acabado minucioso y armónico en caras que nunca hubieran sido vistas si esas piezas escultóricas hubieran quedado en su emplazamiento original. Y lo mismo acontece con algunas obras de Miguel Angel.
Los enigmáticos trazados sobre el terreno en las planicies de Nazca, sólo visibles desde las alturas y por completo incomprensibles a los ojos de un paseante, fueron explicados por los científicos de la Smithsonian Institution como motivados por razones de carácter religioso.
Y en las páginas finales de este libro apasionante, Oscar Tusquets declara “Para no emplear el nombre de Dios en vano, utilizamos coherencia formal, íntima satisfacción por la obra bien hecha y otros términos etéreos”, y poco más adelante se pregunta: “¿Puede existir un Arte trascendente totalmente agnóstico? En vista de lo que este agnosticismo es capaz de producir, y aunque la existencia de Dios no nos acabe de convencer, ¿no sería mejor hacer “como si” Dios existiese y pudiese juzgar nuestras obras?”
Las reflexiones finales del autor cierran el círculo que se inició en el texto con el que se abre su trabajo, y nos llena de regocijo y placer. Porque Dios lo ve.
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